Sentía como la caliente sangre de aquel otro gladiador se deslizaba por su mano, la estocada había sido certera, solo tenia que retirar su espada y dejarlo, ya estaba muerto. Retiró la espada y su contrincante cayó en sus brazos mirándole fijamente a la cara, aunque sabía que no le quedaba más opción, derrota es muerte victoria es vida, no podía evitar sentirse culpable.

Cayó de rodillas a la arena por mezcla del cansancio y la culpabilidad, bajo la cabeza y se miró sus manos llenas de sangre, en ese mismo instante comprendió que el no era el culpable de aquel crimen y levantó su cabeza, dirigió su mirada al cónsul que presidía el estadio, agarró su espada, examinó la velocidad de las ráfagas de aire, visualizó su objetivo, todo estaba preparado para lanzar su espada y acabar con esa pesadilla, entonces pensó en las palabras de aquel hombre en la escuela de gladiadores de Capua y comprendió que todavía no era el momento.










